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Nazaré, el más destacado del cupo de toreros sevillanos de la prefería. Por Barquerito

DE LOS SEIS TOROS DE Fuente Ymbro, muy bien rematados los seis, el de mejor aire fue el cuarto. “Turulato”, castaño. Suelto de salida, conducta discreta en el caballo –al relance la primera vara antes de irse, volvió a soltarse en la segunda-, el toro sacó el que iba ser luego su estilo en un quite valiente y breve de Arturo Saldívar por valencianas o saltilleras. En los medios la reunión. El toro persiguió de bravo en banderillas y rompió enseguida a embestir.

Antonio Nazaré –brindis comprometido al público- abrió faena de largo, casi en el platillo, y sin cata previa se pasó el toro por la diestra en muletazos muy airosos. No acabó de ir metido en el engaño en el toro entonces, pero sí en una segunda tanda y en una tercera cobradas en distancias más lógicas. Eso calentó la faena, que no tuvo por la mano izquierda ni la misma ligazón ni la misma seguridad. Ni el mismo ritmo. Solo que el toro se movió pronto y ganoso, y la embestida lo encareció todo. Más breve, la faena habría sido, naturalmente, más intensa y redonda. Los méritos no fueron menores. La estocada tendida y trasera precisó de la rueda de peones. Se echó el toro. Una oreja. Se pidió para el toro la vuelta al ruedo.

Con su variedad relativa de líneas –pesos y talla distintos-, la presentación de la corrida fue de postín. El primero de la tarde, negro zaino, llamó la atención por lustroso. El sexto se salió por encima de la media. El segundo, engatillado y ancho de sienes, era particularmente astifino. Por pintas se abrieron los tres lotes. Uno negro y otro castaño por cabeza.

Nazaré estuvo a punto de perderse las mieles del cuarto, pues el primero, el de lustre como cepillado, le pegó una formidable voltereta poco después de haberlo desarmado. Faena de muchas voces y de mínimas distancias. El toro no quería al torero ni tan cerca ni tan encima. La voltereta –de fea caída, sin consecuencias- vino cuando el toro se metió por un hueco demasiado abierto. Recompuesto tras la cogida, el torero de Dos Hermanas volvió a la pelea más entero que antes. Amor propio, dos tandas entre pitones, manoletinas, casi un desarme. A toro parado se volcó encima con la espada. El volapié clásico.

No puede decirse propiamente que la gente tomara partido por los toros, solo que con más o menos argumentos aplaudieron con fuerza en el arrastre a segundo y tercero, y no solo al notable cuarto. Esos otros dos toros fueron bien distintos. El uno arreó de lo lindo pero sin llegar a darse, y pegó no pocos trallazos. No fue sencillo ni ajustarse ni tragar paquete. Saldívar, firme de partida, acusó el cambio inevitable: del toro mexicano que lleva matando todo el invierno a este otro de sangre tan caliente. Antes de ponerse el toro a echar humo, Javier Jiménez se estiró en un quite valeroso por villaltinas –cuatro- abrochadas con dos caleserinas forzadas y un bonito recorte. Un pinchazo muy bajo del Tehocaltiche y media muy trasera.

El tercero, acodado y ancho, vino de salida con son, pero pareció frágil. Engañaron las apariencias: fue toro venido arriba y temperamental. De menos a más el toro, y de más a menos una faena de Javier Jiménez que iba a arrancar con alegría y acople –dos tandas en redondo, se arrancó la banda- pero que iba a estar castigada por hasta tres desarmes y marcada por la precipitación. Hubo muletazos buenos, arrojo, mucho querer. Y hasta un arrimón de última hora, cuando la banda, que llegó a cortar tres veces pero para reanudar de capo otras dos,  se plantó, Un pinchazo, una estocada soltando el engaño.

Ni el quinto, protestado por claudicar, ni el sexto, quebrado en un volatín y con menos fijeza que los demás, estuvieron en el aire de los dos jugados justo por delante. Saldívar se fue a porta gayola a saludar al quinto, pero el toro casi lo arrolla y no cupo librar la larga sino tirarse en plancha. Rebrincado y llorón, parado, no fue toro de fiesta ni de fiar. Aunque de viajes suavecitos y hasta mollares, el sexto tendió a embestir por encima del palillo, y se soltó. En manos expertas tal vez se hubiera podido recomponer la cosa. Javier Jiménez lo vio claro en dos primeras tandas garbosas. Y luego no tanto.

FIN  

 

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