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SORPRENDE FRASCUELO CON UN BRAVO TORO DE LAUGIER. Por Barquerito

EL PRÓLOGO DE LA CORRIDA se avino al rito del país: primero, asomaron por la puerta de cuadrillas la reina de Arles y dos de sus damas mientras se dejaba oír con flauta y clarinete la melodía central de La Arlesiana, y desfilaron solas hasta la presidencia; desde allí contemplaron un segundo desfile, de diez caballeros montados en caballos tordos de la Camarga y ataviados, los diez, de vaqueros camargueses, los diez blandían estandartes de distintas asociaciones de la Provenza vinculadas a las distintas tauromaquias de la tierra. Fueron presentados por megafonía uno a uno. La ovación más sonora fue para Patrick Laugier, que era, con su encaste Domecq-Arjona, el ganadero de la corrida.

Se plantaron en dos grupos de cinco en las rayas de picar y así dejaron paso de honor a los alguacilillos, los tres espadas  y sus cuadrillas. Un manifiesto sencillo pero elocuente reivindicó la tauromaquia como una manifestación cultural. Y luego se cambió de melodía pero no de compositor: el siempre inspirado Bizet. De La Arlesiana a Carmen y su infalible “Toreador” que tantos paseíllos subraya en plazas francesas.

Mediado el paseo, sonó el bombo que para la música. Se guardó un minuto de silencio en memoria de los aficionados de Arles fallecidos durante el invierno y se hizo especial mención de dos personajes singulares: el guitarrista gitano Manitas de Plata –músico genial de la Camarga- y el extraordinario fotógrafo Lucien Clergue, tan unido al mundo del toro, pero no solo. Y, en fin, cerró la relación de duelos el nombre del “maestro de maestros”: Manzanares. A Manzanares está dedicada en homenaje la feria entera de 2015.

La corrida de Laugier salió buena. Nobleza, fijeza, prontitud. Pero los tres primeros fueron de una flojera excesiva que la dureza del piso se encargó de multiplicar. El primero, un burraquito que peleó con entrega en el caballo, se lastimó en un mal paso, se sentó en banderillas y duró más de lo previsto. Lucía el pelo del invierno como casi todos. Esos tres primeros, muy badanudos pero muy sacudidos y flacos, estaban sin poner del todo. Acababan de cumplir la edad justa. De marzo de 2011 los tres. El segundo, de pinta barrosa o jabonera sucia, llevaba una cornada en un anca y casi no se tuvo de pie, se derrumbó dos veces; el tercero, castaño, tuvo un punto cobardón pero más vida que los otros dos.

Frascuelo, que nunca había toreado en el Anfiteatro y desfiló desmonterado, se hizo querer: firme en el recibo de capa, sueltos los brazos, amplio vuelo, y una faena de muleta de clásico y casi rancio acento. Los pases de la firma encadenados con los cambiados, compuesta la figura, notable toreo de frente con la zurda, ligazón, descaro, bellos pases del desdén. Pero largo el trasteo. Media trasera y contraria, y el toro no quiso echarse. Curro Díaz –alguna pincelada- pasó de puntillas porque no quedó otra. El torero del país, Román Pérez, cumplió y punto con el castaño. No pasó nada pero pudo haber pasado.

Los tres toros de la segunda mitad fueron más serios que los de la primera. Abiertos de cuerna, más cara, más pechos, más hechos. El cuarto, único negro del envío, salió bravo. Lo pico a modo Paco María Cenizo –dos puyazos soberbios- y Frascuelo se sintió a gusto con él. Con el capote le había pegado tres lances de los que no se estilan: sin cata previa, perfecta colocación, las bambas por delante. Y un quite arrebatado por chicuelinas. Se jalearon. El toro, claro y franco por la mano derecha, salió más guerrero por la zurda. Frascuelo brindó muy afectuosamente al ganadero Laugier, que estaba en el callejón, y homenaje fue una faena bien hilvanada y discurrida, sin pausas pero espaciada en tandas cortas de tres ligados cosidos con dos de remate.

Notable toreo en redondo, bellos adornos, más laborioso el trasteo por la izquierda, pero, cuando tuvo gobernado al toro, Frascuelo se desplantó con garbo raro, nada convencional. Un pinchazo hondo, siete descabellos, un aviso, algún reproche. Pero después de arrastrado el toro, sacaron a Frascuelo a saludar y la vuelta al ruedo tuvo momentos de cierto clamor.

El quinto de la tarde también peleó en serio en el caballo, cobró trasero y duro, enterró pitones en un volatín completo y sacó un aire celoso que obligaba a torear a pulso y a perder pasos, de manera que la faena de Curro Díaz fue de altibajos, con predominio del toreo de perfil y de los muletazos muy abiertos aunque traídos adentro con ese regusto particular y el cimbreo del torero de Linares. Una estocada ladeada que hizo guardia, un pinchazo, media tras apuntar con la punta del estoque tan arriba que parecía imposible. El sexto fue toro frágil pero de mucha bondad. Hasta rebrincado peleó con codicia. Raro temple. Faena muy batalladora y monótona de Román Pérez. El toreo al hilo del pitón que aquí pareció recurso defensivo. Muchas voces. Y una excelente estocada: la ejecución mejor que la colocación. Una oreja de andar por casa. Doméstica.

FIN

 

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