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FANDIÑO, UN GRAN GESTO PERO UN GRAN RESBALÓN. Por Barquerito

LA APUESTA TEMERARIA de Fandiño –único espada, Madrid, seis toros de divisas y hierros comprometidos- se torció antes de lo previsto. No era sencillo estar a la altura de la expectación, que de antemano venía provocada más por el sesgo torista de la apuesta que por el reto del propio torero de Orduña. El  gancho mayor era la imagen de cada uno de los seis toros de la aventura, imágenes lujosamente reproducidas en los portales de información taurina desde el pasado viernes –cuando el reconocimiento- y hasta el mismo momento del apartado a mediodía.

Se llenó la plaza. 24.000 almas. Un público ligeramente distinto del de cualquier fasto de San Isidro.  Gente conmovida por el gesto de Fandiño y hasta entregada de partida con él. No es que fuera propiamente de gala el ambiente, pero ambiente había, y se estuvo mascando hasta el arrastre del cuarto de los seis toros del desafío, que fue, conel hierrode José Escolar y sangre Saltillo, el de más marcada  personalidad de los seis apartados.

O de los siete, si se cuenta el sobrero de Adolfo Martín que entró, de quinto bis, por un victorino de muy buen ver pero lastimado tras emplearse sin reserva en un puyazo primero con derribo y encele. Justo antes del tercer par de banderillas, cuando se hizo inocultable que el toro se había descaderado, el palco lo devolvió al corral. El toro de Victorino ocupaba un lugar estratégico en el orden de lidia. Era el quinto. Se dejó sentir que era de buena nota –un Garduño de rara reata- pero a Fandiño se le negó esa posible providencia. Para entonces, el gesto del torero se había quedado anclado en sus meras intenciones.

El pablorromero de  Partido de Resina, que rompió plaza, no tuvo gasolina ni alma; al hermoso toro de Adolfo, segundo de orden, solo pudo Iván cuajarlo a gusto en un ramillete de verónicas y una tanda despaciosa que se quedó en promesa de una faena muy a menos; el bello toro de Cebada Gago, tercero, se venía encima cortando no por sentido sino por falta de brío.

Así que la apuesta de verdad, la seria, la de jugarse la tarde y la fama, fue el toro de Escolar, saludado al asomar con una ovación de gala. Toro de soberbio trapío, puro músculo, muy enmorrillado, cárdeno, fino de cabos, bien lleno -562 kilos- y de inquietante condición. Se descaró de salida vuelto a tablas. Al llegar al primer burladero de donde lo llamaron se enredó con la arena amontonada que camufla las tablas de base y escarbó con una suerte de fiereza insólita en tales trances. Luego, se movió con la codicia y prontitud características y casi privativas del  encaste Saltillo. Atacó en la primera vara y apretó, pero luego de sangrarse volvió grupas.

Fandiño decidió dejarlo para la segunda vara en el mismo platillo, y el toro se desentendió. El detalle dividió las opiniones ruidosamente. Una vara cobrada de frente y valerosamente por Israelde Pedro, la segunda y definitiva, puso de acuerdo a la inmensa mayoría. Fandiño quitó por chicuelinas ajustadísimas pero desiguales, porque el toro se acostaba. Lidió por delante y sin pegar sino dos capotazos Javier Ambel, y la gente reconoció el detalle. El ambiente estaba caliente. Pero el toro fue todo menos sencillo: pegajoso ya en el tanteo con que Fandiño abrió faena, agresivo en el fondo, celoso en cuanto hubo que pelear cara a cara. Terco ahora, Fandiño se empeñó con la zurda pero sin poder ligar ni templarse. Antes de eso, un desarme porque el toro no llegó a descolgar. No hubo hilván. Media lagartijera muy trasera –con palotazo en la mandíbula- y seis descabellos.

Después de la devolución del toro de Victorino, Fandiño pareció muy desanimado. El sobrero de Adolfo, degolladito, entre vuelto y veleto, saltillo puro, de notable viveza, salió quebrantadísimo de una primera vara muy severa. Fandiño se empeñó en ponerlo de largo para una segunda –y eso ni procedía ni gustó- y la deriva fue luego muy deslucida. Por sangrado, el toro se puso demasiado revoltoso y, por falto de fondo, se acabó quedando a medio viaje aunque no debajo. Fandiño no le vio la muerte –dos pinchazos sin pasar, una estocada a paso de banderillas y soltando el engaño- y entonces sonaron pitos de castigo que fueron como la sentencia de la tarde toda. Al toro de Palha que cerraba, y salió abanto y manseando, Fandiño lo recibió con larga afarolada de rodillas en tablas. Fue el último cartucho. Toro manso, de no fijarse en nada: flaqueó, se frenó y se rajó. Fandiño abrevió. Trago amargo.

FIN  

 

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